El concepto de “juego profundo” --o la cualidad de exceso
artístico que Bruegger y Knorr Cetina querían transferir de los gallos
de pelea balineses de Clifford Geertz a sus propios traders—es, curiosamente, otra invención del incansable pensador Jeremy Bentham[45],
quien lo usó para describir la actividad irracional de jugadores
inveterados, cuyos excesos especulativos no podrían resolverse mediante
el cálculo de su placer individual, teniendo por tanto que ser prohibidos
por la ley. Geertz buscaba ir más allá de este tipo de moralización
superficial: pensaba que el juego profundo de los jugadores balineses
representaba la arena donde se encuentran el yo y el otro, una
afirmación del lazo social. Pero en otra vuelta de tuerca, es esta
irracionalidad especulativa la que se encuentra ahora en el corazón del
lazo autonegador y en última instancia autodestructivo en la era de la
utopia postsocial benthamiana totalmente cumplida. Y es esto lo que se
nos enseña a calcular, lo que se nos anima a crear en el campo cultural.
Lo que hay que entender, expresar y después desmantelar y
abandonar en el movimiento de la experiencia artística son las
modalidades concretas por las que nosotros y nosotras --que formamos
parte, aun sin quererlo, de las clasesmedias gestoras del planeta--
participamos mediante nuestro propio trabajo en el despliegue concreto
de los dispositivos de poder soberano, disciplinario y liberal, y en la
profunda locura sistémica que en conjunto constituyen. He enfocado las
relaciones entre las esferas culturales y financieras como una
articulación clave que permite, estructura y al mismo tiempo esconde
este despliegue de poder sobre los movimientos del cuerpo y la mente. Es
precisamente esta articulación lo que debemos desafiar, cuestionar en
su legitimidad y en su sentido mismo, para que toda la máquina de
comunicaciones del capitalismo cognitivo pueda ser usada con el objetivo
de abrir un debate sobre la crisis del presente. Confrontarse con este
dispositivo sistémico a traves de procesos de experimentación social
deliberados y delirantes que puedan desmontarlo, descarillarlo, abriendo
otros caminos, otro modos de produccion material y de produccion de
nosotros mismo: he ahí la contraurgencia del presente./// bryan holmes -
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